No hay alma que no sea candidata a la inmortalidad.
El mundo es una prisión que hay que reventar para poder desplegar los dones con libertad.
Solo podemos comunicarnos con nuestros amigos a través de los sentidos, que apenas nos dan noticia de sus corazones.
El único negocio que vale la pena es la búsqueda de la verdad.
No debiéramos considerarnos parte del mundo más que los jugadores se consideran parte del juego mientras se desarrolla el partido.
El mundo es la escena de un conflicto más alto.
Estas son reflexiones de John Newman en "El mundo invisible".
Somos un pueblo que hace dinero, expresa en algún pasaje, refiriéndose a Inglaterra.
¿Qué clase de pueblo somos, si es que somos algo?
¿Qué verdades perseguimos?
¿Qué idea de bien tenemos?
¿Qué belleza nos hiere?
Estas son preguntas que, al menos alguna vez, se hicieron las grandes naciones. Las respuestas difieren. Los griegos no dieron ninguna.
Yo aún tampoco. El hombre contesta sus preguntas existenciales con los hechos de su vida, dice Sándor Márai, en "El último encuentro", novela en la que dos viejos amigos se reúnen luego de cuarenta años e intentan descifrar el motivo de la separación, no con la idea de recuperar la amistad, sino para poner en orden el pasado. Para echar algo de luz en algunos puntos ciegos de su narrativa personal y dotarla de sentido en retrospectiva. Los días finales no dependen de sí mismos: van a buscar significación a mañanas más frescas.
Como Giovanni Drogo, el héroe de El Desierto de Los Tártaros, percibo que el tiempo deja de ser una dimensión para tener entidad propia. No es ya la medida del movimiento, sino un ser que se mueve y atraviesa mi devenir, como mi viejo.
Definir la pregunta que te define, de eso se trata, creo.
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