Se arde por lo que no se puede tocar. En mi caso, las mañanas. La claridad de la aurora se espeja con lo virgen del espíritu. El alma, calma o alterada por algún sueño indeseado, se presenta como un campo abierto, receptivo. Violar ese tiempo iguala al sacrilegio. Como seres somos ontológicamente simbólicos. Vemos antes de comprender y recién ahí podemos explicar con palabras. El cielo clareando, con su refrescante silencio, son una invitación: olvidar los harapos del día anterior, escuchar, vestirse nuevamente, o quizás dejar que nos vistan. Empiezo los días conturbada, se me arranca de la cama a un trabajo insípido. Lo que ya representaba una afrenta a mi humana trascendencia, se declara un llano combate. Como si fuera poco, me veo obligada a escuchar como primeras notas del día voces confusas, flotantes, que vomitan pequeñas dagas, como las de corsarios orientales. Busco la Voz y encuentro ecos impostados. La comodidad, maldita trampa que idolatramos, me paral...